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El 'profesional' de la opinión: el auge del tertuliano televisivo sin expertise


Las tertulias televisivas nacieron con un propósito loable: democratizar el conocimiento, acercar al gran público temas complejos de la mano de verdaderos expertos. Eran espacios donde científicos, economistas, historiadores o juristas de reconocida trayectoria iluminaban cuestiones que escapaban al ciudadano medio. El valor residía precisamente en eso: la autoridad que da el estudio profundo y la experiencia contrastada.

Sin embargo, en las últimas décadas hemos asistido a una mutación preocupante de este formato. El experto ha sido desplazado por el opinador profesional. La lógica de la programación televisiva –más enfocada en el entretenimiento y el conflicto que en la divulgación– ha generado una nueva casta: el tertuliano omnipresente y omnisciente, capaz de disertar con igual vehemencia sobre la macroeconomía, la geopolítica internacional, la virología o la reforma fiscal.

¿Quiénes son estos nuevos personajes? Con frecuencia, se trata de figuras procedentes de la política sin paso por el sector privado, ex asesores, polemistas mediáticos o individuos cuyo principal currículum es su habilidad para la elocuencia vacua y la confrontación dialéctica. Su empleo no es tanto el conocimiento especializado, sino mantener viva la polémica, generar titulares y alimentar el engagement en redes sociales. Son personajes que rara vez "reprueban" en sus ámbitos originales precisamente porque su ámbito original se ha difuminado: su oficio es opinar.

Este fenómeno tiene consecuencias graves:

Banalización del debate público: Se sustituye el análisis riguroso por el eslogan, la evidencia por la intuición, y el dato por la ocurrencia. Los matices mueren en el altar del tiempo de pantalla y la pelea verbal.

Desinformación encubierta: El espectador medio, ante la puesta en escena de seguridad y verborrea, puede confundir la seguridad al hablar con autoridad real. Se crea una ilusión de conocimiento que es profundamente engañosa.

Pérdida de valor de la verdadera experiencia: Cuando cualquier opinión vale igual, se desincentiva la presencia de verdaderos especialistas, cuyo lenguaje suele ser más cauteloso, lleno de condicionales y menos apto para el espectáculo.

Politización de todo: Cualquier tema, por técnico que sea, se reduce a la dinámica "izquierda vs. derecha", perdiendo su sustancia propia y convirtiéndose en mero instrumento de batalla partidista.

¿Cómo hemos llegado a este nivel?

La respuesta es multifactorial: la tiranía del rating, que premia el conflicto sobre la reflexión; la economía de producción, que es más barato reunir a cuatro caras conocidas que localizar y pagar a cuatro expertos de alto nivel para cada tema; y la creación de una burbuja mediática donde estos tertulianos se autorreferencian y se convierten en "celebridades" por derecho propio, al margen de cualquier logro externo a la pantalla.

El resultado es un ecosistema envenenado para la democracia. El ciudadano, en vez de ilustrarse, se intoxica con un sucedáneo de debate donde la forma aplasta al fondo. Se nos vende confrontación como si fuera pensamiento, y opinión infundada como si fuera saber.

Recuperar el espíritu original de la tertulia –si es que alguna vez existió de forma pura– requeriría un esfuerzo consciente por parte de los medios: priorizar el rigor sobre el ruido, dar voz a quienes saben en lugar de a quienes simplemente hablan, y tratar al público con el respeto de suponer que quiere entender, no solo entretenerse con peleas de gallos.

Mientras tanto, el "tertuliano profesional" sigue siendo un síntoma elocuente de nuestra época: la era en que la apariencia de saber ha terminado por valer más que el saber mismo. Y todos, como sociedad, pagamos las consecuencias de ese engaño colectivo cada vez que confundimos el escenario de un plató con un ágora de conocimiento.



M'acaben de censura en una instància de Friendica per un article. El més collonut que l'administrador soc jo.


La libertad de expresión en las redes sociales no es ni X ni Bluesky. Las dos son de código cerrado y privadas, aunque alguna vaya de más formal. La libertad de expresión la tenemos en el #Fediverse.


El Silencio de las Pensiones y el Estruendo de la Corrupción: Un Robo a Dos Manos


Cada mes, millones de contribuyentes ven cómo una parte significativa de su esfuerzo laboral se destina, con la promesa de seguridad futura, al sistema de pensiones. Es un pacto generacional, un juramento de confianza entre el ciudadano y el Estado. Sin embargo, ese pacto hoy se resquebraja bajo un discurso recurrente y alarmante: “No hay dinero”. Las pensiones, nos dicen, son un lastre demográfico, una carga insostenible. Mientras esta narrativa se instala, casi a diario, los titulares nos golpean con un estruendo distinto pero íntimamente ligado: un nuevo caso de corrupción en ayuntamientos, comunidades autónomas, entes públicos o en la esfera central. Da igual el color político. El guion es el mismo: desvío de fondos, sobrecostes, comisiones ilegales, contratos amañados. Y la pregunta que estalla es inevitable: ¿realmente no hay dinero, o está siendo sistemáticamente desviado, malversado y evaporado?

La idea de utilizar el dinero de las pensiones para “tapar agujeros” no es una metáfora. Es la cruda realidad de un sistema donde la corrupción actúa como un agujero negro que succiona recursos vitales. Los fondos de la Seguridad Social, técnicamente, son intocables y están separados de los presupuestos generales del Estado. Pero en la práctica económica global, el dinero es un todo. El enorme esfuerzo que supone sostener las pensiones (con aumentos de cotizaciones, uso de reservas o transferencias desde otros capítulos) se ve minado por la fuga constante que suponen los fraudes a lo público. Cada euro que se paga en una mordida, que se infla en una factura falsa o que se esfuma en una obra innecesaria, es un euro que no está en las arcas comunes. Arcas de donde, necesariamente, sale el complemento para que nuestros mayores no caigan en la pobreza.

La Doble Moral y la Ceguera Voluntaria

Es profundamente cínico pedir sacrificios a los pensionistas y a los trabajadores, argumentando la estrechez económica, mientras se permite que la corrupción drene el erario público con impunidad y ritmo de goteo constante. Se recortan servicios sanitarios, se congelan salarios públicos, se anuncia la necesidad de trabajar más años, y al mismo tiempo, se descubren desfalcos de magnitudes descomunales. Esto no es una mala gestión; es una prioridad perversa. Demuestra que el problema no es la falta de recursos, sino la voluntad política para atajar su malversación.

La alternancia en el poder, lejos de traer soluciones, ha normalizado la patología. El “y tú más” se ha convertido en el epitafio de la decencia. Un partido señala los casos del otro, pero cuando llega al gobierno, el mecanismo clientelar y la opacidad en la contratación a menudo persisten, solo que con distinto signo. La ciudadanía asiste, indignada y exhausta, a un espectáculo en el que la casta política —en un sentido amplio— parece jugar a un juego distinto, con reglas distintas, mientras le exige austeridad al resto.

No es un Déficit Demográfico, es un Déficit de Integridad

Envejecemos, sí. Pero las sociedades ricas y bien gestionadas planifican ese desafío. España, sin embargo, parece gestionar su futuro con las manos atadas por los ladrones de lo común. La corrupción no es un delito menor; es un ataque directo al estado del bienestar. Destruye la confianza, encarece los servicios, desincentiva la inversión honesta y, lo más grave, roba el futuro a generaciones enteras.

La solución no pasa por recortar más las pensiones, sino por recortar de raíz la corrupción. Exige:

Fortalecimiento drástico de los órganos de control (Intervención General, Tribunal de Cuentas) con independencia real y recursos.

Transparencia radical en la contratación pública, con plena accesibilidad a todos los datos.

Penas ejemplares y efectivas que incluyan la inhabilitación permanente y la restitución del dinero robado.

Protección y valoración de los denunciantes (whistleblowers), auténticos héroes de la salud democrática.

Una justicia ágil y con medios para que los casos no caigan en el olvido por prescripción.

Las pensiones no son el problema. Son la víctima. Dejar que el relato de la insostenibilidad oculte el saqueo continuo es convertirse en cómplice. Es hora de dejar claro que, antes de preguntar a los abuelos si pueden vivir con menos, debemos preguntar a la clase política y a sus cómplices económicos por qué han permitido —y a menudo disfrutado— que tanto desvíe tanto. El dinero está. Simplemente, no está donde debería. Recuperarlo no es una opción política; es una emergencia nacional.



La nostra jubilació: reflexions sobre l’herència que deixem


Ara que ens arriba l’hora de la jubilació, és inevitable fer un balanç. Després de dècades de treball, responsabilitats i sacrificis, ens parem un moment i mirem enrere, però també —i sobretot— mirem endavant. La primera pregunta que ens assalta és clara i contundent: ¿Els hem deixat un món millor als nostres fills? O, per contra, hem prioritzat la nostra comoditat —aquesta per la qual els nostres pares van lluitar tant— descuidant el futur de les pròximes generacions?

La veritat és dura d’admetre. Nosaltres vam rebre un país i unes condicions de vida notablement millors que les dels nostres pares. Ells van viure la postguerra, l’escassetat, el silenci imposat. Vam heretar l’esforç d’una generació que va aixecar un estat del benestar des de zero: sanitat pública, pensions dignes, accés a l’educació, possibilitat d’accedir a un habitatge… Per a molts de nosaltres, això va ser un punt de partida, no una conquesta. Hem viscut en una època de creixement, estabilitat relativa i prosperitat creixent. Però, ¿hem estat bons custodis d’aquest llegat?

La fragilitat del benestar que vam donar per fet

Mirem al nostre voltant i veiem fissures per tot arreu. L’estat del benestar sanitari, pilar fonamental, es ressent després d'anys de retallades, manca d’inversió i, en alguns casos, mala gestió. Les llistes d’espera s’allarguen, la pressió sobre els professionals és immensa i la qualitat del servei, tot i l’esforç heroic de molts, pateix. Ens preguntem: quan els nostres fills arribin a la nostra edat, tindran la mateixa tranquil·litat davant una malaltia? O hauran de recórrer a assegurances privades que no tothom es podrà permetre?

I després hi ha el tema de les pensions. Nosaltres hem pogut jubilar-nos amb una certa seguretat, amb la idea —encara que angoixada— que l’estat ens cobriria. Però el sistema es basa en la solidaritat intergeneracional, i la piràmide demogràfica s’inverteix. Avui, els joves cotitzen per pagar les nostres pensions. Demà, ¿qui ho farà per a ells? Es parla de retards en l’edat de jubilació, de pensions cada vegada més baixes, del necessari complement de plans privats. Molts dels nostres fills ja assumeixen que no rebran el que nosaltres rebem. És un pacte social que es trenca.

La batalla perduda per l’accés a la vida

I què direm de l’accés a l’habitatge i a la propietat? Per a la nostra generació, comprar una casa va ser un objectiu difícil, però assolible amb estalvi i sacrifici. Avui, per a molts joves, és una utopia. Lloguers que consumeixen la major part del sou, preus de venda desorbitats, contractes precaris… La idea de tenir un lloc propi, estable, on construir una vida i una família, s’esvaeix. En el seu lloc, una generació sencera es veu condemnada a la incertesa i, en molts casos, a dependre de l’ajuda familiar per aconseguir allò que nosaltres vam considerar un dret bàsic.

Un futur dirigit per “quatre personatges”

I aquí arriba la inquietud més fosca: la sensació que el control sobre les nostres vides i les dels nostres fills s’està escapant de les mans de la ciutadania. La pregunta que formuleu és poderosa: ¿Seran autòmats de quatre personatges que guiaran tot el sistema? És una imatge poètica i terrible. Parlem de grans corporacions, interessos financers, algorismes opacs i una classe política que, sovint, sembla més preocupada per les elits que pels ciutadans de carrer.

La concentració de poder i riquesa en mans de pocs, amenaça la mateixa democràcia. Les decisions crítiques sobre el clima, la tecnologia, l’economia global, es prenen lluny de la mirada i el control dels ciutadans. Ens hem adormit en la comoditat mentre el món es convertia en un lloc més desigual, més vulnerable i més dirigit per “quatre personatges” amb plans que no inclouen necessàriament el benestar de la majoria.

¿Què podem fer, ara, des de la jubilació?

No tot està perdut. La jubilació no és només el final d’una etapa laboral; pot ser l’inici d’un nou compromís. Tenim experiència, temps (relatiu) i, sobretot, la responsabilitat moral de no lliurar una espelma apagada.

Exigir transparència i bona gestió: Com a ciutadans i, ara, com a pensionistes amb veu i vot, hem de seguir exigint als governs que preservin i reforcin l’estat del benestar. Que la sanitat, les pensions i l’educació siguin innegociables.

Acompanyar les noves generacions: Transmetre el valor del qual vam tenir no des del ressentiment, sinó des de la solidaritat. Donar suport a les reivindicacions justes dels nostres fills i nets: per un habitatge digne, per un treball estable, per un futur sostenible.

No rendir-se al cinisme: El pitjor que podríem fer és encongir-nos d’espatlles i dir “jo ja hi he fet la meva part”. El món que vam rebre va ser una lluita constant dels que van venir abans. Ara ens toca a nosaltres continuar lluitant, encara que sigui des d’una altra trinxera.

Conclusió: L’herència veritable

Sí, és possible que hàgim descuidat el futur mentre gaudíem del present. És possible que els nostres fills heretin un món amb reptes més grans i xarxes de seguretat més dèbils. Però el llegat més important no són només les institucions o l’estabilitat econòmica. És la memòria de la lluita, la consciència dels drets i la importància de no donar-los per suposats. És el record del fet que el progrés no és irreversible, i que cal defensar-ho cada dia.

La nostra jubilació ha de ser un recordatori, per a nosaltres i per a ells, que el país i el món que volem no es construeixen una vegada i per sempre. Es construeixen, es defensen i es milloren, dia a dia, generació rere generació. No els deixem un món perfecte —això mai va ser possible—, però deixem-los, almenys, les eines, la consciència i l’exemple per no deixar de lluitar per un de millor. Aquesta serà la nostra veritable jubilació: saber que passem el relleu, no la rendició.



La Cruel Veritat de Mart: Quan la Ciència xoca amb el Somni


En l’imaginari col·lectiu, Mart és la nova frontera, el planeta vermell que espera ser colonitzat per l’ésser humà. És una visió alimentada per pel·lícules, llibres i, sobretot, per figures públiques com Elon Musk, que parlen de ciutats marcianes i d’una humanitat multiplanetària com si fos una qüestió de dècades. Però ara, un dur recordatori de la ciència més pura i dura ens impacta amb la força d’una tempesta solar: cap humà podria sobreviure a la superfície de Mart més de quatre anys a causa de la radiació letal.

Aquesta afirmació, basada en models i dades recollides per sondes i rovers, no és una especulació. És la conclusió d’estudis que quantifiquen l’incessant bombardeig de partícules còsmiques galàctiques i solars que esquitxen l’atmosfera tenue de Mart. No hi ha camp magnètic global que les desviï, ni una atmosfera densa que les aturi. A la superfície, l’ésser humà estaria exposat a una dosi de radiació aproximadament 700 vegades superior a la de la Terra.

La Paradoxa de la Protecció
El viatge interplanetàri, encara que perillós, permet un cert blindatge a la nau. Però el veritable problema sorgeix un cop instal·lats. Com assenyala la investigació, la solució aparent –enterrar-se o envoltar-se de gruixudes parets metàl·liques– es converteix en un boomerang tòxic. Aquests materials, en interaccionar amb la radiació còsmica d’alta energia, produeixen una "pluja de radiació secundària", una cascada de partícules encara més difícils d’aturar i potencialment més danyines per als teixits biològics. En certa manera, la teva pròpia fortalesa es converteix en el teu verdugo, accelerant la dosi acumulada fins a creuar el llindar dels 4 anys, moment en què els riscos de càncer, malalties cardiovasculars i danys neurodegeneratius esdevenen pràcticament segurs.

El Somni i el Negoci
Aquí és on el relat xoca amb la realitat. Propostes grandiloqüents de colònies autosuficients a la dècada del 2030, com les que esmenta la NASA amb cautela o empreses com SpaceX amb més audàcia, es troben amb aquest mur físic insalvable amb la tecnologia actual. Aquest contrapunt obliga a una reflexió crítica: ¿Fins a quin punt la narrativa de la colonització marciana immediata està alimentada per necessitats científiques i d’exploració, i fins a quin punt és un recurs per a captar inversions multimilionàries i fomentar un ecosistema empresarial?

La denúncia que alguns fan –que es tracta d’una "gran mentida" per a canalitzar fons públics cap a negocis privats–, tot i que pot sonar dura, assenyala un risc real: el de vendre un futur impossible per a finançar el present. La recerca en propulsió, suports de vida i materials que aquesta carrera espacial privada impulsa és valuosa, però cal separar clarament els avenços tecnològics reals de la fantasia de venda.

Cap a On Anem?
Aquesta revelació no ha de significar l’abandonament de Mart. Al contrari, hauria de reorientar l’esforç amb honestedat. Els objectius han de ser més modestos, més científics i, sobretot, més segurs: missions tripulades de curta durada amb habitacles protegits amb materials innovadors (potser amb aigua o regolits marcians tractats), o l’exploració intensiva amb robots i intel·ligència artificial. La prioritat hauria de ser descobrir com sobreviure allà, no com instal·lar-nos-hi amb una esperança de vida truncada.

Mart segueix sent un objectiu cridaner, un laboratori natural immens. Però ens ha llençat la seva primera i més clara advertència: la seva superfície és un entorn profundament hostil que no perdona. Ignorar aquesta veritat, per convenient que sigui per al marketing o per al nacionalisme espacial, no només és irresponsable, sinó potencialment criminal. L’exploració humana de l’espai ha de néixer de la humilitat davant les lleis de la física, no de la megalomania o de l’interès econòmic disfressat de destí manifest.

L’únic "forat negre" del qual hem de témer per ara no és a l’espai, sinó el que pugui absorbir els nostres recursos i la nostra atenció en promeses buides, mentre la ciència ens crida a mirar el problema als ulls i a buscar solucions reals, encara que siguin menys espectaculars.

La veritat còsmica és brutal. Ara ens toca ser prou intel·ligents per a escoltar-la.



The Invisible Power: When Individual Fortunes Eclipse Nations


Two decades ago, the idea that a single person could wield power comparable to many nations seemed confined to science fiction novels. Today, it is not only a reality but one of the most transformative—and unsettling—forces of our era. Power has partially migrated from presidential palaces and parliaments to the hands of a small group of tech magnates, who possess resources, influence, and agency that defy imagination and, above all, challenge the traditional architecture of global power.

The most paradigmatic case is Elon Musk. His fortune, hovering around $200 billion, comfortably surpasses the Gross Domestic Product (GDP) of entire countries like Portugal, Peru, or Argentina. But it's not just about numbers. Musk controls a global communication medium (X/Twitter), a space company (SpaceX) that launches satellites and transports astronauts, and an automotive company (Tesla) defining the future of transport. With a single tweet, he can sway the fate of cryptocurrencies, alter public debate, or launch projects (like colonizing Mars) that were once the monopoly of nation-states.

If we add to this power the influence of figures like Jeff Bezos (Amazon), Mark Zuckerberg (Meta/Facebook), the founders of Google, and a constellation of billionaires operating from the shadows in investment and venture capital firms, the picture is complete. We have the perfect cocktail: economic power rivaling states, unprecedented social influence through the very networks and platforms they design, and a technological capacity governing everything from access to information to global logistics.

The New Rules of the Game

This phenomenon is changing fundamental rules:

Economic Sovereignty: A company like Apple holds more cash than the reserves of many countries. These actors can negotiate favorable tax terms with governments, determine where investment flows, and create millions of jobs, thereby shaping public policy.

Social Engineering: The algorithms of major platforms shape what we see, read, and think. They decide which news is disseminated, which products are consumed, and, ultimately, model values, behaviors, and even electoral outcomes.

Global Agenda: While states grapple with electoral cycles and partisan struggles, these magnates drive their own long-term agendas on climate, artificial intelligence, or space exploration, with a speed and ambition that bureaucracies can hardly match.

A Planet Dominated by a Few?

The inevitable question arises: are we heading toward a planet dominated by a technocratic oligarchy? The lack of clear counterweights to this power is the core of the debate. State regulation is years behind, and the public sphere is increasingly mediated by their tools.

This isn't necessarily a conspiracy, but rather the logic of a hyper-accelerated digital capitalism that concentrates gains and, with them, decision-making power. The risk is not of a classic tyranny, but of "governance by platform," where critical decisions for humanity are made in boardrooms accountable to shareholders, not to the citizenry.

Where Are We Headed?

The future this reality describes is not one ruled by robots, but by the people who control their architecture. Science fiction warned us about machines enslaving humans; reality shows us humans with machines so powerful they can reshape society in their image.

The enormous challenge of the 21st century will be to find new mechanisms for accountability, transparency, and checks and balances. Democracy and social justice in our digital age will depend on our ability to ensure that this colossal power, concentrated in very few hands, serves the common good and does not become the invisible architect of a world of insurmountable inequalities. The future is already here, and it bears the logo of a few companies. It is up to us to decide what role law, ethics, and civic will play in it.



El futur ja és present: quan la riquesa de pocs rivalitza amb nacions senceres


Fa vint anys, si algú ens hagués dit que un sol individu podria acumular una riquesa comparable a la producció econòmica anual de països desenvolupats, hauríem pensat que era ciència-ficció. Avui, aquesta realitat ja és tangible —i profundament inquietant.

A principis del 2025, Elon Musk, fundador de Tesla, SpaceX i propietari de X (abans Twitter), és considerat l’home més ric del món segons el Bloomberg Billionaires Índex i Forbes. El seu patrimoni net s’estima entre 190.000 i 230.000 milions de dòlars (és a dir, entre 190 i 230 mil milions), principalment lligat al valor de les accions de Tesla i SpaceX. Tot i que no ha arribat al bilió de dòlars (1.000 milions), la seva fortuna ja supera el PIB anual de més de 180 països.

Per posar-ho en context: el PIB de Dinamarca el 2024 va ser d’uns 405 mil milions de dòlars, el de Finlàndia uns 300 mil milions, i el de Xile uns 335 mil milions. Musk no supera aquests països en valor absolut, però la seva riquesa individual sí que supera el PIB de nacions com:

Noruega (aprox. 570 mil milions en 2022, però amb fortes oscil·lacions per la dependència del petroli),
Nova Zelanda (260 mil milions),
Eslovàquia (130 mil milions),
Costa Rica (75 mil milions),
Uruguai (88 mil milions).

Més enllà de Musk, altres magnats de la tecnologia acumulen riqueses d’escala quasi nacional. Jeff Bezos (Amazon) i Mark Zuckerberg (Meta) tenen patrimonis que superen els 170.000 milions de dòlars. Larry Page i Sergey Brin (Google) també figuren per sobre dels 120.000 milions. Si ajuntem aquests actius, estem parlant d’un grup de menys de deu persones que, juntes, concentren una riquesa equivalent al PIB combinat de països com Suècia, Polònia i Portugal junts.
Poder més enllà dels diners

Però el que és realment disruptiu no és només la quantitat de diners, sinó el poder estructural que aquestes figures exerceixen:

Controlen infraestructures digitals globals: xarxes socials, sistemes de càlcul en núvol, intel·ligència artificial, logística i fins i tot l’accés a l’espai.
Influencien àmpliament l’opinió pública: una decisió en una plataforma com X o Meta pot alterar eleccions, moviments socials o crisis humanitàries.
Operen fora del control democràtic: no han estat elegits per ningú, però poden canviar regles que afecten milers de milions de persones —des de la moderació de continguts fins a les condicions laborals en magatzems automatitzats.

Aquesta concentració de poder —econòmic, tecnològic i simbòlic— configura un nou tipus de governança global informal, on un petit grup d’individus decideix, sovint en l’ombra, sobre el futur de la humanitat.
Cap a una nova ètica de la riquesa?

La bona notícia és que aquesta realitat ha començat a generar resistències. Des de propostes d’impostos extraordinaris a la riquesa (com les defensades per economistes com Gabriel Zucman o Thomas Piketty), fins a iniciatives per regular les plataformes tecnològiques (com la Llei de Serveis Digitals de la Unió Europea), hi ha moviments creixents per reclamar que cap persona hagi de tenir més influència que una nació sencera.

Perquè la democràcia no es pot entendre en un món on el futur el dissenyen uns pocs, des d'una oficina a Silicon Valley.

El temps de la ciència-ficció ja ha passat. Ara comença el temps de la responsabilitat col·lectiva.



Aconsejo su lectura


La Razón:
«La caída del Imperio romano o por qué Trump tiene razón»

¿Tiene razón Trump? Me permitireis que, para sorprender, diga que sí, que Trump tiene razón.

Bien, ahora que estáis flipando, puedo explicar que lo que ha dicho Trump no es esencialmente falso. Dentro de pocas décadas la cultura, lo que él llama "civilización", europea actual habrá "desaparecido". Exactamente igual que la cultura europea de hace unas décadas también ha "desaparecido". La cultura evoluciona de forma continua desde que el mundo es mundo, desde antes de que los sapiens fuésemos sapiens, ese conocimiento y costumbres que se transmiten de generación en generación, han cambiado.

La gran estupidez de Trump y de los "inmovilistas culturales" es defender que la cultura que encontraron al nacer ha alcanzado su máxima expresión y, por tanto, debe preservarse inmaculada, marmoreamente esculpida para toda la eternidad como el David o La piedad de Miguel Ángel. Defender la cultura de las armas del Far West, las corridas de toros de siglos anteriores, el cristianismo patrio y patriótico... Nada debe cambiar porque hemos alcanzado la perfección cultural (en occidente) y cualquier contaminación exterior, etnocéntricamente, de culturas inferiores, de genéticas inferiores y extrañas, nos devolverá indefectiblemente al salvajismo y a la ignorancia.

Sí señores, la migración será uno de los factores que va a cambiar nuestra cultura. Como lo ha sido siempre. Muchos consideran que Tartesos fue el periodo de esplendor de la Iberia antigua. Pero ignoran que, sin los fenicios, esa cultura tartésica no hubiese existido como la conocemos. Lo mismo podemos decir de muchos otros momentos, y aunque duela a los patriotas, nuestra actual cultura española le debe muchísimo más a los árabes que a los godos.

No voy a decir que todas las migraciones hayan dado un impulso impresionante a nuestra cultura, pero sí que afirmo con total convicción que nunca nuestra cultura ha logrado avances espectaculares sin ella.




Que maravilla. Gracias


☀️ 🔭 🥰
2️⃣ de 2️⃣
Y nuevamente... ¡La cromosfera!

Continuamos aprendiendo sobre el uso de este tubo Lunt LS60T... hoy combinado con la cámara a color de ASI ZWO 224mc... Ya vamos sacando algunas conclusiones...

🔥 🔥
¡Una pasada las llamaradas!

🥰
Gracias a @AsterArk por permitirme compartir esta maravilla.



in reply to Joan Barrera

Jo, perfecte. He fet un arrosset amb sípia i galeres de la llotja :ablobcatgooglymlemjumping:


Amb lo pel·liculero que hauria sigut que fos en Putin.


Ja estem més aprop de que algú digui que es va fer un brou de porc senglar lavanguardia.com/natural/20251…



@Mercè Hola Merce, encara tinc molt present aquella xerrada que vares fer a Granollers a la Roca Humbert. UN petonarro guapa


Aquest fred em fa plorar els ulls


Conoce a Maddie, un Golden Retriever de 1 año en Belfast, Irlanda del Norte.

Recibe con entusiasmo a los basureros locales todos los viernes para acariciarlos y jugar. Los basureros la adoran y su vínculo es hermoso.

¡Es una rutina reconfortante que alegra el día de todos! ❤️

#Dogs #Dogstodon #DogsOfMastodon




Volen acabar amb els senglars i s'han passat com es varen passar en el seu temps amb els conills i el cap gros.




La Derrota de Ucrania y la Lección Aprendida: Antes de Invertir en Defensa, Hay que Sanear sus Cimientos


La guerra en Ucrania ha sacudido los cimientos del orden geopolítico europeo y ha dejado una lección cruda e inapelable para las naciones que habían confiado su seguridad al paraguas de alianzas o a una idea ingenua del pacifismo: en un mundo donde el derecho internacional se quiebra ante la fuerza, la capacidad de defensa propia no es un lujo, es una necesidad existencial. Como bien se ha señalado, “nos guste o no, tenemos que estar preparados para poder defendernos por si un día el pez grande tiene hambre y nos quiere comer”. Este es un aviso severo para aquellos países, como España, donde el debate sobre el gasto en defensa suele toperse con un rechazo visceral, a menudo fundamentado en nobles ideales, pero también en una desconfianza profunda y justificada hacia la institución castrense.

Sin embargo, el urgente llamado a reforzar nuestras capacidades militares —impulsado por la OTAN y por la realidad— choca frontalmente con una verdad incómoda y doméstica: de poco servirá incrementar el presupuesto de defensa si este dinero no tiene control transparente y si la institución que debe administrarlo no está plenamente democratizada y al servicio de la ciudadanía.

En el caso de España, el dilema no es solo “dinero sí o dinero no”. Es un problema de estructura, de cultura y de opacidad. El ejército español sigue siendo, en muchos aspectos, “un mundo aparte intocable”, una afirmación que resuena en los ecos de casos de corrupción silenciados y en una jerarquía que a menudo opera con opacidad. Antes de pensar en comprar un solo fusil nuevo o un sistema de defensa antiaérea, es imperativo sentar las bases de una fuerza comprometida con los valores democráticos para los que teóricamente fue creada.

Esto exige, en primer lugar, una revolución en la legislación y en la supervisión. Es inaceptable que el gasto de millones de euros escape al escrutinio público detallado. Se necesita una ley de transparencia en defensa que permita un control ciudadano y parlamentario hasta el último céntimo, con auditorías externas y rigurosas. La defensa es demasiado crucial para ser gestionada en las sombras. La corrupción no solo roba dinero al erario público; roba seguridad y confianza a la nación.

En segundo lugar, y este es un punto espinoso pero inevitable, es urgente una purga de los residuos ideológicos del pasado. Al igual que en el poder judicial, en el estamento militar perduran, muy asentadas, estructuras de pensamiento y camarillas heredadas del régimen franquista. Un ejército moderno y democrático no puede ser un refugio para nostalgias de dictaduras. Su lealtad debe ser exclusiva a la Constitución y al pueblo soberano, no a ideologías trasnochadas. Esta renovación ética e ideológica es previa y más importante que cualquier modernización material. Requiere de valentía política para promover ascensos por mérito y valores democráticos, y para apartar a quienes vean la institución como un feudo personal o político.

La lección de Ucrania es doble. Por un lado, nos grita que la autocomplacencia pacifista es un riesgo mortal en un mundo que ha vuelto a la ley de la fuerza. Por otro, y esto es lo que debemos internalizar con más fuerza en España, nos muestra que la fortaleza de un ejército no se mide solo en blindajes y misiles. Se mide en la calidad moral de sus mandos, en la transparencia de su gestión, y en su integración plena y leal en el sistema democrático.

Por tanto, el camino no es negar la necesidad de una defensa robusta. Ese sería un error temerario. El camino es, con determinación, exigir y ejecutar una reforma profunda que limpie, democratice y transparente las Fuerzas Armadas. Solo un ejército limpio, controlado y comprometido con la democracia merece la confianza del pueblo y justifica cada euro de inversión. Solo sobre esos cimientos se puede construir una defensa verdadera. De lo contrario, estaremos, en el mejor de los casos, alimentando un nido de corruptos y, en el peor, construyendo un castillo de naipes ante las tormentas que vienen. La seguridad comienza en casa, con instituciones íntegras. Ese es el primer frente de batalla que debemos ganar.



La síndrome d'Estocolm empresarial: quan els treballadors desenvolupen lleialtat cap als seus explotadors


Introducció: Un vincle paradoxal

La síndrome d'Estocolm, originalment descrita en situacions de segrest on les víctimes desenvolupaven una connexió emocional amb els seus captors, ha trobat un paral·lel inquietant en l'àmbit laboral contemporani. La síndrome d'Estocolm empresarial es refereix al fenomen psicològic en què treballadors desenvolupen una lleialtat i identificació desproporcionades cap a empreses que, objectivament, els exploten o maltraten laboralment.
Els símptomes: com es manifesta

Aquesta síndrome es manifesta a través de diversos comportaments i actituds:

Justificació de les pràctiques abusives: Els empleats minimitzen o racionalitzen les jornades maratonianes, els salaris inadequats o l'absència de conciliació.

Identificació amb l'agressor: Assumeixen com a propis els objectius i valors de l'empresa, fins i tot quan aquestes són contràries al seu benestar.

Hostilitat cap als crítics: Rebutgen les crítiques externes a l'empresa i defensen acèrrimament la seva cultura laboral.

Gratitud desproporcionada: Mostren agraïment per gestes mínims (com una felicitació o un petit bonus) que no compensen les condicions generals de treball.

Els mecanismes empresarials que la faciliten
Cultura de l'esforç extrem

Moltes companyies han normalitzat la idea que "la dedicació total" és sinònim de compromís. Els horaris interminables es presenten com a oportunitats, no com a explotació.
Narratives de missió i propòsit

L'ús de relats inspirants sobre "canviar el món" o formar part d'una "família" empresarial serveix per a emmascarar condicions laborals precàries.
Recompenses intermitents

Sistemes de recompensa impredictibles (promocions, reconeixements) que generen una dinàmica psicològica similar a la de les màquines escurabutxaques, mantenint als empleats en un estat d'esperança constant.
Aïllament i identitat corporativa

La creació d'una forta cultura interna que desincentiva les relacions i identitats fora de l'empresa, fent que la identitat professional esdevingui la identitat principal.
Les conseqüències per als treballadors

Aquesta dinàmica té efectes profunds:

Esgotament físic i emocional amb normalització de l'estrès crònic

Pèrdua de perspectiva sobre què constitueix un tracte laboral digne

Deterior de relacions personals fora de l'àmbit laboral

Dificultat per reconèixer i sortir de situacions d'abús laboral

Casos emblemàtics i sectors vulnerables

Aquest fenomen és particularment visible en:

Startups i companyies tecnològiques amb retòrica de "disrupció" i "sacrifici temporal"

Sectors creatius i de coneixement on el límit entre vocació i explotació és difús

Corporacions amb marques molt potents que ofereixen prestigi com a compensació

Entorns amb alta competència interna i por a la substituïció

Com prevenir-ho i superar-ho
Per als treballadors:

Mantenir xarxes de suport externes a l'empresa

Establir límits clars entre vida laboral i personal

Qüestionar críticament les narratives corporatives

Demandar transparència en criteris de promoció i compensació

Per a la societat:

Reforçar la protecció legal dels treballadors

Promoure conscienciació sobre drets laborals

Valorar models empresarials que respectin la dignitat dels treballadors

Normalitzar la crítica a les pràctiques abusives independentment del prestigi de l'empresa

Conclusió: Trencant el vincle disfuncional

La síndrome d'Estocolm empresarial representa una adaptació patològica a entorns laborals explotadors. Reconèixer aquest fenomen és el primer pas per a desnaturalitzar pràctiques abusives que s'han camuflat sota roba de compromís, innovació i excel·lència. Una societat sana necessita empreses que obtinguin el millor dels seus treballadors mitjançant el respecte, no mitjançant l'explotació psicològica.

La veritable excel·lència organitzativa no es construeix sobre l'esgotament dels treballadors, sinó sobre el seu benestar i desenvolupament autèntic.




El Auge de la Extrema Derecha en Europa: Corrupción, Desprestigio Institucional y la Banalización de la Política


Introducción: Un Panorama Político en Transformación

En las últimas dos décadas, Europa ha experimentado un resurgimiento significativo de partidos y movimientos de extrema derecha, fenómeno que ha alterado el panorama político continental. Este auge no responde a una causa única, sino a un complejo entramado de factores interconectados, entre los que destacan especialmente los casos de corrupción generalizada y el progresivo desprestigio de las instituciones democráticas tradicionales. Este artículo analiza cómo la corrupción sistémica y la banalización de la política—ejemplificada en la transformación de los parlamentos en "platos de televisión basura"—han creado un caldo de cultivo propicio para el crecimiento de alternativas políticas extremistas.
La Corrupción como Catalizador del Descontento
Corrupción Sistémica: De lo Local a lo Europeo

La corrupción en Europa no es un fenómeno marginal, sino que ha penetrado múltiples niveles de gobernanza. Desde escándalos municipales hasta casos que involucran a instituciones de la Unión Europea, la percepción de que las élites políticas utilizan su posición para beneficio personal se ha generalizado.

Los casos más sonados—desde los escándalos de financiación irregular de partidos en Francia y España hasta los casos de malversación en fondos europeos—han erosionado la confianza ciudadana en el sistema político tradicional. La impunidad percibida y la lentitud de la justicia han creado la sensación de que existen "dos varas de medir": una para la ciudadanía común y otra para la clase política.
El Efecto de la Austeridad y la Desigualdad

La crisis financiera de 2008 y las políticas de austeridad subsiguientes agravaron la percepción de injusticia. Mientras la ciudadanía sufría recortes en servicios esenciales, los casos de corrupción revelaban el enriquecimiento ilícito de políticos y empresarios conectados al poder. Esta contradicción alimentó la narrativa de la extrema derecha sobre un "sistema corrupto" que prioriza a las élites sobre el pueblo.
La Banalización de la Política y el Desprestigio Parlamentario
De Ágoras Democráticas a Escenarios Televisivos

Los parlamentos, concebidos como espacios sagrados para el debate racional y la deliberación democrática, han experimentado una transformación preocupante. En muchos países europeos, las sesiones parlamentarias se han convertido en espectáculos mediáticos diseñados más para el impacto televisivo que para la sustancia legislativa.

Este fenómeno responde a varios factores:

La mediatización extrema de la política, donde la imagen prevalece sobre el contenido

El culto a la personalidad en detrimento de la discusión programática

La estrategia de partidos por generar "momentos virales" en redes sociales

El entretenimiento como sustituto del debate serio

El Bajo Perfil de la Clase Política Actual

Una crítica recurrente hacia los políticos actuales es su aparente falta de altura de miras y preparación. La profesionalización de la política ha creado una clase de "políticos profesionales" que, en muchos casos, han desarrollado carreras dentro de estructuras partidistas sin experiencia significativa fuera de la política. Este aislamiento de las realidades cotidianas de la ciudadanía contribuye a la percepción de desconexión entre representantes y representados.

La falta de liderazgos carismáticos o inspiradores en los partidos tradicionales contrasta con figuras de la extrema derecha que, independientemente de su discurso, proyectan una imagen de autenticidad y conexión con "el pueblo" que resuena entre sectores desencantados.
La Confluencia de Factores: Cómo Alimentan el Extremismo
La Narrativa Antisistema de la Extrema Derecha

Los partidos de extrema derecha han sabido capitalizar magistralmente este descontento, articulando una narrativa coherente que:

Identifica a las élites políticas tradicionales como corruptas e inmorales

Presenta a la inmigración y a las minorías como chivos expiatorios

Propone soluciones aparentemente simples a problemas complejos

Se autoproclama como la única alternativa "no corrupta" al sistema

El Papel de los Medios y Redes Sociales

La transformación del ecosistema mediático ha acelerado estos procesos. Las redes sociales permiten a los partidos extremistas eludir los filtros periodísticos tradicionales y conectar directamente con segmentos de la población descontentos. Además, la lógica algorítmica de estas plataformas favorece contenidos polarizantes y emocionales, que son precisamente el tipo de mensaje que domina el discurso de la extrema derecha.
La Crisis de Representación y la Desafección Democrática

La combinación de corrupción percibida y política banalizada ha generado una profunda crisis de representación. Cuando los ciudadanos perciben que sus votos no se traducen en políticas concretas que mejoren sus vidas, y cuando ven que los espacios de deliberación democrática se convierten en espectáculos vacíos, aumenta la tentación de buscar alternativas radicales fuera del sistema.
Casos de Estudio Europeos
Italia: De "Mani Pulite" a la Normalización de la Extrema Derecha

El caso italiano es paradigmático. La operación "Mani Pulite" de los años 90 destapó una red masiva de corrupción que colapsó el sistema de partidos tradicional, creando un vacío que eventualmente llenaría Silvio Berlusconi y, posteriormente, movimientos como la Liga Norte y Hermanos de Italia. La banalización de la política alcanzó niveles extremos bajo Berlusconi, mezclando espectáculo mediático, intereses empresariales y gobierno.
Francia: El Desgaste de los Partidos Tradicionales

En Francia, los casos de corrupción que han salpicado a figuras de derecha e izquierda tradicionales, combinados con la percepción de una élite desconectada (ejemplificada en la figura de Emmanuel Macron como "presidente de los ricos"), han abierto espacio para el Rassemblement National de Marine Le Pen, que ha logrado presentarse como voz de "la Francia olvidada".
España: De la Indignación a la Polarización

El movimiento 15-M español surgió como respuesta directa a la corrupción política y la crisis económica. Aunque inicialmente rechazaba la estructura de partidos tradicionales, eventualmente parte de esa energía se canalizó hacia nuevos partidos, algunos de los cuales han sido acusados de reproducir dinámicas de confrontación vacía en el parlamento.
Consecuencias y Perspectivas de Futuro
El Riesgo para la Calidad Democrática

El peligro principal no es solo el ascenso de partidos extremistas, sino la transformación del sistema político en su conjunto. Cuando la política se reduce a espectáculo y confrontación vacía, se erosionan los fundamentos del debate democrático racional necesario para abordar desafíos complejos como el cambio climático, la transformación digital o la justicia social.
La Necesidad de Regeneración Democrática

Frente a este panorama, surgen algunas posibles líneas de acción:

Reforma institucional: Mayor transparencia, rendición de cuentas y mecanismos anticorrupción efectivos

Renovación de la clase política: Incentivos para perfiles diversos y con experiencia fuera de la política profesional

Educación cívica: Fortalecimiento de la educación en pensamiento crítico y valores democráticos

Regulación mediática: Normas que equilibren libertad de expresión con calidad del debate público

Participación ciudadana: Mecanismos de democracia deliberativa y participativa más allá del voto periódico

Conclusión: Recuperar la Dignidad de la Política

El auge de la extrema derecha en Europa no es una anomalía inexplicable, sino en gran medida consecuencia de fallas sistémicas en las democracias europeas. La corrupción, real y percibida, ha minado la legitimidad de las instituciones, mientras que la transformación de la política en espectáculo ha vaciado de contenido los espacios de deliberación democrática.

La solución no pasa solo por confrontar a los partidos extremistas, sino fundamentalmente por abordar las causas profundas que los alimentan: restaurar la integridad en la gestión pública, recuperar la dignidad y seriedad del debate político, y reconstruir la confianza entre representantes y representados. Los parlamentos deben dejar de ser platos de televisión basura para recuperar su papel como ágoras donde se delibera seriamente sobre el futuro común.

En última instancia, la batalla contra el extremismo político es también una batalla por la calidad de nuestra democracia, por rescatar la política como noble actividad dedicada al bien común, y por devolver a las instituciones su carácter sagrado como espacios donde se decide colectivamente el destino de la sociedad.



LA PLAGA QUE AMENAÇA L'ESPÈCIE MÉS AMENAÇADA: EL POLÍTIC PROFESSIONAL


Descobreixen que la pesta porcina els pot afectar a ells, i de cop i volta la crisi sanitària és real

En un gir copernicà que ha deixat la comunitat científica en estat de xoc, s'ha descobert que la pesta porcina africana, fins ara considerada una malaltia que només afecta els porcs, pot suposar un perill existential per a l'espècie més vulnerable del ecosistema ibèric: el polític professional.

Fonts properes al Congrés han confirmat que l'alarma es va disparar quan un assessor va xiuxiuejar durant un còctel: "Però... si es diu pesta porcina... i a nosaltres ens diuen..." La frase, que va quedar incompleta, va ser suficient perquè el pànic es propagués més ràpid que un escàndol de corrupció.

"Estem davant d'una amenaça de dimensions colossals", va declarar un visiblement afectat diputat, mentre revisava amb nerviosisme el seu reflex en un daurat marcat. "He consultat els meus símptomes: necessitat insaciable de protagonisme, tendència a l'enrogiment facial quan es fan preguntes directes, i un impuls gairebé incontrolable de xerrar sense dir res. És clar que sóc a la zona de risc."

Les mesures no s'han fet esperar. La comissió de Sanitat ha aprovat per unanimitat un pla d'emergència que inclou:

Confinament preventiu: Tots els polítics de risc seran aïllats en seus amb moqueta, amb subministrament continu de càmeres de televisió i aigua embotellada de marca cara.

Control de l'alimentació: S'ha prohibit el consum de pinso de baixa qualitat, substituint-lo per un règim estricte a base de canapès de salmó i cava, que segons els primers estudis, n'immunitza.

Suspensió de les híbrides: Les híbrids elèctriques dels diputats seran desinfectades amb productes d'alt estànding per evitar contagis per contacte amb pells de qualitat dubtosa.

La població porcina, mentrestant, observa amb perplexitat com el seu problema sanitari, fins afonia ignorada, ara acapara portades i desbloqueja fons d'emergència amb una rapidesa sobrenatural.

"És una qüestió de sensibilitat", va explicar una portaveu del govern. "Quan la ciutadania veia morir milers de porcs, era una tragèdia agropecuària. Ara que sabem que un membre del Consell del Poder Judicial podria notar símptomes (com per exemple, deixar d'entendre les seves pròpies sentències), es converteix en una emergència nacional."

L'OMS ha descartat, per ara, qualsevol vincle entre la malaltia i els humans, però ha reconegut que "estem davant d'un fenomen desconegut" i que "les manifestacions clíniques en l'espècie Políticus carreris són dignes d'estudi".

Mentre els mitjans transmeten consells per a prevenir el contagi ("Renti's les mans després de tocar un programa electoral"), el ciutadà de carrer es pregunta, amb la seva ironia característica, si no seria més fàcil aplicar la mateixa energia i recursos a tots els problemes, independentment de qui afectin. Però això, reconeixem, és una idea gairebé tan contagiosa i perillosa com la mateixa pesta.





La Paradoxa de la Pèrdua: Com la Llibertat ha Erosionat el que la Repressió no va Poder


És una de les grans ironies de la nostra història recent. Hi ha una generació, la dels nostres avis, que va viure sota una dictadura feroç que prohibia el català als espais públics, perseguia les nostres tradicions i intentava per tots els mitjans homogeneïtzar-nos en una Espanya única. I, tanmateix, en aquells anys foscos, la llengua es va refugiar a les llars, les sardanes es ballaven amb un orgull rebel als aplecs amagats, i el sentiment de pertànyer a una nació diferent creixia soterrat, però viu.

Avui, en ple segle XXI i amb una autonomia que hauria semblat un somni als anys 50, ens trobem amb una realitat desconcertant: on és ara aquella resistència silenciosa? La censura franquista ja no hi és, però les places on es ballaven sardanes s'han buidat. La llengua ja no està proscrita, però és normal —com assenyales— veure dues persones catalanes parlant en castellà al metro de Barcelona. És la paradoxa de la pèrdua: el que la repressió no va aconseguir exterminar, ho està aconseguint la llibertat mal entesa d'una globalització sense ànima.

La conquesta del benestar material

El poder material ha suplantat el sentiment de pertànyer a un país. La transició democràtica va arribar acompanyada d'un progrés econòmic sense precedents. Vam canviar el camp per la fàbrica, i el poble per la gran ciutat. Aquesta mobilitat, juntament amb l'explosió del turisme i les onades migratòries, va transformar radicalment el teixit social de Catalunya, especialment a la seva àrea metropolitana.

El català, abans l'únic ciment en moltes comunitats, va passar a ser una opció més en un mercat lingüístic on el castellà era la moneda dominant. I el que és més perillós: va passar a ser vista com un obstacle. Obstacle per a l'ascens laboral, per a la integració dels nouvinguts, per a la "normalització" en un espai on el castellà era el codi d'accés a la cultura de masses i al consum.

Esvair de les tradicions en l'era de l'entreteniment passiu

I què passa amb les tradicions? La sardana, els castells, les festes majors... Aquests rituals que eren l'ànima col·lectiva dels pobles s'enfronten ara a un rival molt més poderós que la censura: l'oci individual i digital.

Durant el franquisme, l'aplec era una de les poques vies d'expressió comunitària. Avui, l'oferta de lleure és infinita i passiva. La televisió, les xarxes socials i la cultura de consum ofereixen una satisfacció immediata que no requereix esforç col·lectiu. Ballar una sardana és difícil, requereix aprenentatge, coordinació i un sentit de pertinença. Consumir continguts a un mòbil no.

La falsa llibertat de l'assimilació

I arribem al punt més dolorós: la llengua. Dius que "ni el temps del règim franquista s'havia perdut tant l'hàbit de parlar el català". És una observació profunda i certa. La repressora era externa, i per tant generava rebuig i resistència. La pressió que pateix el català avui és més subtil, més insidiosa. És la pressió de la "pragmàtica", de no voler "incomodar", de la lleugeresa de cedir a la via més fàcil.

Aquesta no és una llibertat autèntica. És la llibertat és aquí on connecta la teva última reflexió: "Veig molt complicat una independència de Catalunya, perquè la gent no té el sentiment de ser un país". Absolutament. La independència política sense una independència cultural i lingüística prèvia és una embolcalla buida. De què serveix un estat propi si la seva ànima s'ha diluït? Si hem perdut el que realment ens feia diferents?

El repte, doncs, ja no és només polític. És existencial. Es tracta de preguntar-nos si som capaços de construir una societat on el català no sigui una opció romàntica, sinó l'eix natural de la vida pública; on les tradicions no siguin un record folklòric per als turistes, sinó la manera com celebrem el fet d'estar junts.

La lluita ja no és contra un dictador amb bigoti. És contra la nostra pròpia acomodació, contra el pes mort de la globalització i la inèrcia de la desmemòria. És una lluita molt més difícil, perquè l'enemic ja no és un home amb un fusell, sinó un fantasma que portem dins de l'home que, després de treure's les cadenes, es queda quiet perquè ja no recorda com es camina. Hem interioritzat que parlar en castellà és més "còmode", més "inclusiu", sense adonar-nos que aquesta comoditat està construint la nostra pròpia tomba cultural.

La independència com a projecte buit

"Veig molt complicat una independència de Catalunya, perquè la gent no té el sentiment de ser un país". La independència política sense una independència cultural i lingüística prèvia és una embolcalla buida. De què serveix un estat propi si la seva ànima s'ha diluït? Si hem perdut el que realment ens feia diferents?

El repte, doncs, ja no és només polític. És existencial. Es tracta de preguntar-nos si som capaços de construir una societat on el català no sigui una opció romàntica, sinó l'eix natural de la vida pública; on les tradicions no siguin un record folklòric per als turistes, sinó la manera com celebrem el fet d'estar junts.

La lluita ja no és contra un dictador amb bigoti. És contra la nostra pròpia acomodació, contra el pes mort de la globalització i la inèrcia de la desmemòria. És una lluita molt més difícil, perquè l'enemic ja no és un home amb un fusell, sinó un fantasma que portem dins.

#LaGranParadoxa #OnÉsLaResistència #MemòriaVoraç #IdentitatEsmorrada #SardanesSensePoble #CatalàOpcióObligada #GlobalitzacióSenseÀnima #PèrduaSilenciosa #IndependentSenseÀnima #LlenguaDePasillo #TradicionsEnExtinció
#CatalunyaSensePell

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La Clase Política Permanente: Cuando el Poder es un Cargo Vitalicio


Existe una verdad incómoda que los ciudadanos percibimos con creciente claridad: nuestros países no son gobernados por los más capaces, sino por una clase política permanente. Se trata de un ecosistema cerrado, una casta que se reproduce a sí misma, donde sus miembros —indistintamente del color del partido— van rotando y relevándose en los diferentes cargos como si se tratara de un juego de sillas musicales en el que la música nunca se detiene para ellos.

La Farsa de la Meritocracia

En teoría, los altos cargos de la administración y del gobierno están destinados a los mejores y más brillantes. La justificación de sus sustanciosos sueldos y privilegios era, en su origen, doble: por un lado, atraer a personas de talento excepcional que podrían ganar mucho más en el sector privado; por otro, blindarlos contra la corrupción mediante una retribución que hiciera innecesaria la tentación.

Hoy, esa lógica se ha invertido. Los altos salarios y los privilegios (coches oficiales, dietas, asesores personales) no son el incentivo para un trabajo excelente, sino el premio por haber accedido al club. El cargo no es un instrumento para servir, sino un fin en sí mismo. La consecuencia es una mediocracia: un sistema donde la mediocridad se institucionaliza y se perpetúa. ¿Qué importa si un ministro no entiende los detalles técnicos de su cartera? Siempre tendrá un ejército de funcionarios anónimos y leales que mantendrán la maquinaria en marcha.

El Mito de la Competencia y el Espectáculo de la Pelea

Esto nos lleva a la revelación más cruda: el sistema puede funcionar solo. La administración pública, con su inercia burocrática y sus profesionales de base, es lo suficientemente robusta como para seguir adelante a pesar de —y no gracias a— sus supuestos líderes. La maquinía del Estado es un barco que navega por inercia, y los timoneles que se turnan en el puente a menudo solo agitan el volante para simular que están dirigiendo la nave.

Si su labor es en gran medida prescindible, ¿cuál es entonces su función real? La respuesta reside en el teatro de la política. Su principal ocupación es librar batallitas artificiales en las tribunas y en los platós de televisión. Se dedican a cultivar enemistades públicas, a exagerar diferencias mínimas y a generar una espuma de controversia que mantenga a la ciudadanía entretenida. Mientras discutimos sobre temas secundarios, polarizados y emocionalmente agotadores, la clase política permanente sigue disfrutando de sus prebendas, ajena por completo al verdadero pulso de la calle.

La Ciudadanía como Convidado de Piedra

Este mecanismo perverso ha creado una brecha insalvable entre la población y sus gobernantes. Para la élite política, la calle es una abstracción, un conjunto de datos en una encuesta. Para el ciudadano, las decisiones de esa élite son decretos lejanos que afectan a su vida cotidiana.

La tragedia no es solo que nos gobiernen los ineptos, sino que el sistema esté diseñado para premiar la lealtad al partido por encima de la competencia, la longevidad en el cargo por encima de la innovación, y la fachada de actividad por encima de los resultados tangibles.

Hemos normalizado que una persona pase de ser un simple afiliado a ocupar una veintena de puestos de relevancia a lo largo de su vida sin haber demostrado jamás una competencia notable fuera del aparato del partido. Es la profesionalización de la política, pero no como un servicio, sino como un feudo.

Hasta que no rompamos con la idea de que gobernar es un derecho hereditario dentro de una casta y lo reclaimemos como un servicio temporal y exigente, seguiremos siendo espectadores de un espectáculo que se representa para ocultar su propio vacío. La verdadera democracia llegará cuando los cargos vuelvan a estar ocupados por quienes los merecen por su talento y no por su carnet de afiliación.

#ClasePermanente #PolíticaCasta #MeritocraciaFalsa #SistemaInútil #TeatroPolítico #GobiernoMediocre #PolíticosProfesionales #DemocraciaVacía #BatallasFalsas #ElSistemaFuncionaSolo #ServicioPúblicoOlvidado #AlternativaReal



Why the Real Fight is in the Streets, Not the Feeds


There’s a feeling creeping into the American psyche, a quiet realization that’s turning into a roar. We’ve been fighting the wrong fight, on the wrong battlefield. For years, we were sold a dream: that social media would democratize change. That a viral post could topple a corrupt system, and a hashtag could bring about justice.

But let’s be real. That dream has curdled. We’re stuck in an endless scroll of outrage, preaching to the choir in our own custom-built bubbles. We get a quick hit of dopamine from a "like," mistaking it for actual action. We think we’re speaking truth to power, but the algorithm just sees it as "engagement"—more fuel to keep us glued to the screen and sold to the highest advertiser. It’s a rigged game, and we’re the product.

The day America realizes that showing up on the ground is a thousand times more powerful than sounding off online is the day we start getting our leverage back. But let's not kid ourselves. That wake-up call isn't coming from a place of comfort. It's going to take more pain.

It’s going to take more of our rights being chipped away by the Tech Overlords. That’s the right term for them. They’re not just big companies; they’re the new feudal landlords of the digital age. They own the town square, they set the rules, and they’re evicting anyone who causes a stir. They profit from our data while their platforms hollow out our communities, crush small businesses, and push gig-economy misery. They promise connection but deliver control.

And it’s this continued squeeze—the gut-wrenching medical bills, the student debt that never dies, the feeling that the ladder to a better life has been pulled up—that will finally force our hand. When the digital world offers nothing but anxiety and empty gestures, and the real world starts taking food off the table, that’s when people get off their phones.

That’s when they take the anger from the comments section and bring it to the city council. They trade the profile picture filter for a handmade sign and actual face-to-face solidarity. A march of ten thousand people can’t be blocked, reported, or shadow-banned. It’s physical. It’s messy. It’s undeniable. It’s democracy in its rawest form, and it scares the powerful in a way a trending topic never could.

This isn’t about ditching technology altogether. It’s about making it our tool again, instead of being theirs. Our phones can be used to organize the meet-up, to spread the word, to live-stream the truth—but the main event has to be us, in person, showing up.

The American spirit was never built for passive-aggressive clapbacks. It was built on the Boston Tea Party, on Seneca Falls, on Selma, on Stonewall. It’s about putting your body on the line for what you believe in.

So the next time you’re fired up about something, don’t just type. Organize. Don’t just share. Show up. Because a million retweets never shut down a single corrupt operation. But a few thousand determined people on the steps of City Hall? That gets things done. The future isn't just digital; it's physical. And it's waiting for us in the streets.
#ClicksToConcrete #TechOverlords #StreetPower #DigitalFeudalism #OfflineAction #ShowUpNotScroll #AlgorithmOfThePeople #IRLResistance #OrganizeDontAgonize #MainStreetNotMainFeed



Cuando la Calle Recupera la Palabra


Durante años, el activismo encontró en las redes sociales un ecosistema aparentemente perfecto: inmediatez, alcance global y una capacidad de movilización sin precedentes. Sin embargo, una sensación creciente de impotencia comienza a empañar ese espejismo. El like, el compartir o el tuit virales han demostrado ser herramientas poderosas para la concienciación, pero a menudo se quedan en la superficie, en un ruido que no logra agrietar los cimientos del poder establecido. Como bien señala una voz lúcida, "el día que la sociedad vea que es más eficaz la lucha en las calles que en las redes sociales tendremos mucho de ganado". Ese día no es una utopía; es una necesidad histórica que se anuncia en el horizonte, y su llegada, paradójicamente, será precipitada por la misma miseria que los nuevos señores feudales tecnológicos ayudan a perpetuar.

Las redes sociales, en su esencia, son el reino de lo efímero. Un algoritmo dicta qué se ve y qué no, sepultando las causas justas bajo un alud de contenido banal. La indignación se convierte en un commodity más, un pico de engagement que dura unas horas antes de ser reemplazado por el siguiente escándalo. Esta "esclavitud del algoritmo" nos da la ilusión de participar mientras nos mantiene encerrados en cámaras de eco, donde predicamos a los conversos y rara vez desafiamos las estructuras de poder reales. La protesta digital, en muchos casos, ha sido domesticada: es un espectáculo que no interrumpe el negocio.

Frente a esto, la lucha en las calles representa la recuperación de lo físico, lo ineludible y lo colectivo. Un cuerpo en una plaza no puede ser silenciado con un botón de "bloquear". Una multitud marchando no puede ser ignorada por un algoritmo. La calle es el espacio de la democracia directa y tangible, donde el malestar social deja de ser un dato métrico para convertirse en una presencia masiva, visible e incómoda. Es el lugar donde se forja la solidaridad real, no la virtual; donde el riesgo y el compromiso se miden en términos humanos, no en interacciones.

Sin embargo, la transición del clic al adoquín requiere de un catalizador doloroso. La frase lo advierte con crudeza: "Para que esto se haga realidad queda más miseria, hambre y recortes de derechos por parte de los feudotecnológicos". Estos "feudotecnológicos" —un término tan preciso como aterrador— son los nuevos barones del capitalismo del siglo XXI. Su poder no se ejerce sobre tierras, sino sobre datos, sobre nuestra atención, nuestra intimidad y, cada vez más, sobre nuestros derechos laborales y sociales. Sus políticas de precariedad, su avaricia fiscal y su control sobre la información son el nuevo yugo.

Será precisamente la continuación de estos abusos, el ahondamiento en la desigualdad y el recorte sistemático de derechos, lo que empujará a la ciudadanía a redescubrir su poder primario: el de la presencia colectiva. Cuando la pantalla ya no ofrezca ni siquiera la distracción de una falsa participación, cuando el hambre y la desesperación traspasen el umbral digital, la gente no tendrá más remedio que salir a reclamar lo que es suyo.

El futuro de la lucha social, por tanto, no está en abandonar las redes, sino en subordinarlas a una estrategia de movilización física. Las redes deben ser el altavoz, el organizador, el medio para coordinar la acción que realmente importa: la que ocupa el espacio público. El desafío es construir puentes entre la conciencia digital y la acción concreta, transformar la indignación virtual en un movimiento imparable que camine, grite y exija justicia donde no puede ser silenciado.

El día que comprendamos que un millón de likes no valen lo que diez mil personas frente a un parlamento, ese día habremos dado el salto más significativo. La calle, al fin y al cabo, es el algoritmo del pueblo. Y es un algoritmo que no se puede actualizar para silenciar la disidencia.

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Venezuela y Ucrania: Las Piezas de un Tablero Geopolítico Desgastado


En el complejo ajedrez de la geopolítica global, a menudo las jugadas en un rincón del mundo están intrínsecamente ligadas a movimientos en el otro extremo del tablero. Una de las dinámicas más reveladoras, sin embargo, menos explicitadas, es el paralelismo que existe entre Venezuela y Ucrania. A primera vista, son crisis separadas por miles de kilómetros y contextos culturales distintos. Pero una mirada más profunda sugiere que son las dos caras de una misma moneda: el campo de batalla donde se libra un pulso tácito entre las grandes potencias.
El "Acuerdo del Espía": Una Verdad Incómoda

La teoría de un entendimiento no escrito entre Washington y Moscú —resumido en la máxima "Tú no me molestas en Venezuela y yo no te molesto en Ucrania"—, aunque difícil de verificar en documentos oficiales, encuentra un sólido respaldo en la lógica histórica de las esferas de influencia.

La historia está plagada de estos pactos de caballeros. Durante la Guerra Fría, el mundo se dividió en áreas de influencia claramente delimitadas. La Doctrina Brezhnev para la URSS y la Doctrina Monroe para Estados Unidos eran la versión formalizada de este principio. Un ejemplo más reciente y análogo podría ser el "reset" entre Obama y Medvédev en 2009, que buscaba, temporalmente, contener las tensiones en áreas de fricción mutua. O, yendo más atrás, los acuerdos de Yalta y Potsdam al final de la Segunda Guerra Mundial, donde las potencias victoriosas se repartieron el mundo en zonas de control.

En este marco, la administración Trump mostró una notable reticencia a confrontar directamente a Rusia por su anexión de Crimea y su intervención en el Donbás, imponiendo sanciones que, si bien fueron significativas, evitaron una escalada militar directa. Paralelamente, la presencia de mercenarios y asesores militares rusos del Grupo Wagner (ahora Controlado por el estado Ruso) en Venezuela, consolidando el régimen de Maduro, no generó una respuesta contundente de Washington más allá de la retórica y las sanciones económicas. La acción militar, la opción más firme, siempre estuvo descartada. Esta coexistencia forzada de injerencias apunta a un entendimiento de facto: una contención mutua para evitar un conflicto abierto que ninguna de las dos potencias nucleares desea.
La Pieza que No Encaja: El Enigma Chino

Sin embargo, en este duelo bipolar del siglo XXI, hay un tercer jugador cuya estrategia redefine por completo el juego: la República Popular China.

Mientras Rusia y Estados Unidos invierten capital político, militar y económico en mantener o disputar sus esferas de influencia en Ucrania y Venezuela, China observa y actúa con una estrategia a más largo plazo. La pregunta clave es: ¿cuál es el papel de Pekín?

La respuesta más plausible, como apunta el análisis, es que China está permitiendo que las dos potencias tradicionales se desgasten mutuamente mientras ella se posiciona silenciosamente como el centro de la economía mundial.

En Venezuela: China no se ha involucrado en el conflicto de forma militar. En cambio, ha utilizado su poder financiero. A través de los "préstamos por petróleo", ha conseguido asegurarse un flujo constante de crudo a precios ventajosos y ha endeudado profundamente al país, haciendo a Venezuela económicamente dependiente. Mientras Rusia provee la seguridad del régimen, China se asegura los recursos y la influencia económica a largo plazo.

En Ucrania: China mantiene una posición oficial de "neutralidad", abogando por el diálogo y respetando la integridad territorial, pero sin condenar abiertamente la invasión rusa. Esta ambigüedad calculada le permite mantener su relación estratégica con Moscú —obteniendo energía y aliados a un precio de descuento debido al aislamiento ruso—, mientras evita las sanciones secundarias de Occidente.

Conclusión: El Desgaste Estratégico y el Ascenso Silencioso

El paralelismo entre Venezuela y Ucrania es más que una coincidencia; es un síntoma de un orden mundial en transición. El supuesto "acuerdo Trump-Putin", si existió, representa la última expresión de un mundo bipolar que ya no existe. Es una solución temporal para un problema permanente.

La verdadera partida ya no se juega solo entre Washington y Moscú. La pieza clave es China, que ha comprendido que en el siglo XXI, el poder no se mide solo en tanques y misiles, sino en cadenas de suministro, deuda soberana y dominio tecnológico. Al permitir que Rusia y Estados Unidos concentren sus recursos en conflictos de desgaste, Pekín gana un tiempo invaluable para consolidar su Red de la Ruta y la Seda, liderar la transición energética y redefinir los estándares tecnológicos globales.

Venezuela y Ucrania son, por tanto, el teatro donde las dos antiguas superpotencias interpretan un drama del siglo pasado, mientras en el este, un nuevo director prepara silenciosamente el escenario para la obra del futuro. La historia no se repite, pero a menudo, los nuevos imperios se construyen sobre los campos de batalla donde los antiguos se agotan.





La Lección No Aprendida de Ucrania: El Coste de Depositar la Fe en un Amigo de Piedra


La historia, con su fría e implacable lógica, no se repite, pero rima. Y en el estruendo de los bombardeos sobre Ucrania, el eco de ese poema es ensordecedor. Ucrania, en un acto de desesperación comprensible, pero de una miopía histórica imperdonable, cometió el error cardinal de no haber estudiado el pasado. Se convirtió en el último eslabón de una larga cadena de naciones que, seducidas por el canto de sirena del apoyo estadounidense, descubren demasiado tarde que el protector puede convertirse en acreedor, y que la ayuda nunca es gratuita.

En su día, la decisión más fácil fue abrir las puertas de par en par a la ayuda que Washington proporcionaba con una mano generosa y una agenda oculta en la otra. ¿Quién, ante un invasor en la frontera, rechazaría un escudo? Sin embargo, la verdadera estadidad, la auténtica independencia, se mide por la capacidad de previsión. Ucrania tenía que haber pensado que ese flujo de armas y dinero, tan vital hoy, llevaba una fecha de caducidad o, peor aún, iría acompañado mañana de una rendición de cuentas política y estratégica inasumible. La factura llega siempre, y suele presentarse en el momento de mayor debilidad.

Lo de menos en este trágico escenario es la ideología del presidente de turno. El problema de fondo trasciende a cualquier figura política individual. El gran fracaso de Ucrania, y de la Europa que la observa con una mezcla de lástima y pánico, es no haber aprendido la lección fundamental que se desprende de las ruinas del Viejo Continente desde 1945: las naciones europeas nunca han podido levantarse del todo para ser verdaderamente independientes. La Segunda Guerra Mundial no terminó con la derrota del Eje; simplemente cambió de amo. Europa Occidental cambió la bota nazi por la tutela benevolente, pero al fin tutela, de los Estados Unidos. Se creó una dependencia estructural, tanto militar a través de la OTAN como económica, que ha anclado a Europa en un papel de socio junior, de vasallo moderno en un nuevo orden feudal.

Lo que ocurre en Ucrania es un espejo en el que los países europeos deberían mirarse con urgencia. La comodidad de esconderse bajo el paraguas nuclear estadounidense ha tenido un coste: la atrofia de nuestra propia capacidad de defensa y, lo que es más importante, de nuestra soberanía estratégica. Es hora de que Europa despierte y se ponga manos a la obra para desprenderse de esta dependencia yanqui en todos los aspectos, del militar al económico. Debemos construir una Europa que sea un polo de poder por derecho propio, capaz de garantizar su propia seguridad y definir sus propios intereses, sin tener que esperar instrucciones o permiso de Washington.

Para entender por qué esto es imperativo, hay que ver a los Estados Unidos como lo que realmente son, despojados de la retórica de la "tierra de los libres". Su historial habla por sí solo: son el país que apoyó y financió dictaduras sangrientas por todo el globo con tal de frenar el avance del comunismo; la nación que, en un acto de una brutalidad sin precedentes, decidió lanzar la bomba atómica sobre Hiroshima y Nagasaki, un recordatorio eterno de que para su élite gobernante, el fin (la demostración de poder) justifica cualquier medio. Es un país que no tiene entrañas, que opera bajo una lógica fría y calculadora donde los beneficios económicos y estratégicos están muy por encima de cualquier consideración humanitaria o de lealtad hacia sus aliados.

Ucrania es hoy el campo de batalla donde se libra una guerra por procuración, donde se prueban armas y se desgasta a un rival a un coste cero en vidas americanas. Es la trágica continuación de un patrón. La pregunta que queda en el aire es si Europa, observando el sufrimiento ucraniano, tendrá la sabiduría de aprender la lección que Kiev no supo ver a tiempo: confiar en Washington es firmar un pacto con el diablo, y la factura, tarde o temprano, siempre llega. Y se paga en soberanía

#LaLecciónDeUcrania #EuropaDespierta #EEUUNoEsUnAliado



Los 50 años de la monarquía española: el atado y bien atado que aún respira


La monarquía española no es una institución simbólica. No es un decorado democrático como la Corona británica. Es un legado vivo del franquismo, operativo, funcional y profundamente arraigado en las estructuras del poder. Cincuenta años después de la muerte del dictador, el “atado y bien atado” sigue vigente —no en los discursos de los viejos, sino en las leyes, los nombramientos, los mandos militares y las sentencias que caen como garrotazos sobre la libertad.

Tenemos un rey con el cargo real de Capitán General de las Fuerzas Armadas. No es un título ceremonial. Es un poder efectivo. Un mando real que puede intervenir, movilizar, decidir. Nadie lo eligió. Nadie lo rinde cuentas. Y aun así, sigue siendo el jefe supremo de un aparato que debería ser del pueblo, no de la corona.

Tenemos un Poder Judicial que actúa como guardián del statu quo. No como garante de la justicia, sino como vigía del gobierno. Sentencias que aparecen como por arte de magia para encarrilar procesos políticos, para silenciar voces críticas, para proteger intereses que no son los del electorado. Jueces nombrados por comisiones cuyos miembros fueron designados por quienes heredaron el poder de Franco. Un sistema que no es independiente: es heredero.

La transición no fue un cambio. Fue una reestructuración con máscara democrática. Elecciones, partidos, constitución… todo eso existe. Pero el núcleo sigue siendo el mismo: dos instituciones no electas —la Corona y el Tribunal Supremo— que deciden, en la sombra o en la luz, qué es posible y qué no.

No hay legitimidad en el nacimiento. No hay rendición de cuentas en el poder. Y sin embargo, se llama democracia.

50 años.
50 años de un sistema que se niega a morir.
50 años de un “atado y bien atado” que aún respira.



En algo somos mejores los españoles a los yanquis. Mazón ha superado con creces a Clinton


Estoy viendo la película de Mazón metiendo un polvo mientras el móvil va sonando sin parar.
A ver, No me dirán ustedes que no es para mandar el puto móvil a la mierda. ¿Qué hubieran hecho ustedes si en plena faena les llaman al móvil?
Joder! Es que el chaval hizo lo que tenía que hacer en aquel momento


ÚLTIMA HORA | El dueño de 'El Ventorro' declara que Mazón y Vilaplana abandonaron el local cuando ya no había clientes ni trabajadores.
Va saliendo a la luz lo que media España daba por hecho y la otra mitad sospechaba. Hubo dos comidas, la última de arroz con leche de postre



Transparencia y Buen Gobierno: El Antídoto Olvidado contra la Desinformación


En los últimos años, la desinformación se ha convertido en una de las grandes preocupaciones para los gobiernos de todo el mundo. La respuesta más común ante este fenómeno ha sido la de intensificar el control sobre el flujo de información: censura en redes sociales, vigilancia de aplicaciones de mensajería y leyes que permiten actuar sin una orden judicial previa.

Si bien el objetivo de proteger a la ciudadanía es loable, este enfoque plantea una peligrosa dicotomía: ¿estamos protegiendo la democracia debilitando sus pilares fundamentales, como la libertad de expresión y el derecho a un debido proceso?

Desde mi perspectiva, existe una estrategia más eficaz, aunque menos espectacular y más compleja de implementar: gobernar con una transparencia incuestionable y una clara orientación a mejorar la vida de las personas. Cuando la ciudadanía experimenta una mejora tangible en su día a día, desarrolla un "cortafuegos" natural contra los bulos y las narrativas manipuladoras.
El Límite Peligroso: Cuando la Lucha se Convierte en Censura

La tentación de controlar la narrativa es poderosa para cualquier gobierno. Medidas como la censura administrativa (sin supervisión judicial) crean un precedente alarmante. Según Freedom House, en su informe "Freedom on the Net 2023", los gobiernos de al menos 55 países han aprobado leyes que restringen la expresión online en los últimos años, muchas veces bajo el pretexto de combatir la desinformación. Esto no solo sofoca el disenso legítimo, sino que, irónicamente, puede erosionar la confianza en las instituciones, que es el caldo de cultivo perfecto para que la desinformación prospere.
La Confianza: La Vacuna Social contra la Desinformación

La desinformación no surge en el vacío. Florece en terrenos abonados por la desconfianza, la inequidad y la percepción de que "el sistema" no funciona para la gente común. Un estudio del MIT Sloan School of Management encontró que la falsedad se difunde significativamente más rápido, más lejos y más profundamente que la verdad en las redes sociales. Pero este efecto es mucho más pronunciado en contextos de alta polarización y baja confianza institucional.

La solución de fondo, por tanto, no es solo contrarrestar mentiras con hechos, sino reconstruir la confianza. Y la confianza no se decreta; se gana con acciones.
Gobernar Bien: La Estrategia de Largo Plazo

Si la población percibe con hechos que su vida mejora, los intentos de manipulación encuentran un terreno mucho menos fértil. Esto se puede sustentar en varios pilares:

Transparencia Radical: Publicar datos presupuestarios, de contratación, de resultados de políticas públicas y de reuniones de altos cargos de forma accesible y proactiva. Cuando la ciudadanía puede verificar por sí misma la gestión, se reduce el espacio para las teorías conspirativas. Países como Estonia son un ejemplo de cómo la transparencia digital gubernamental puede aumentar la confianza cívica.

Resultados Tangibles en el Día a Día: La mejor arma contra un mensaje apocalíptico es una realidad esperanzadora. Cuando las personas ven que sus hospitales funcionan, que la educación de sus hijos es de calidad, que el transporte es eficiente y que existen oportunidades económicas, el incentivo para creer en narrativas catastrofistas disminuye drásticamente. El Índice de Percepción de la Corrupción de Transparencia Internacional muestra consistentemente una correlación inversa: a mayor percepción de integridad y buenos servicios públicos, mayor confianza ciudadana.

Comunicación Clara y Pedagógica: Un gobierno que explica sus decisiones, admite errores y se comunica de forma clara y constante, construye credibilidad. La opacidad y el lenguaje técnico incomprensible alienan a la ciudadanía y abren la puerta a interpretaciones malintencionadas.

Alfabetización Mediática e Informacional: Invertir en educar a la población, desde las escuelas, para que desarrolle un espíritu crítico, sepa identificar fuentes confiables y comprenda cómo funcionan los algoritmos de las redes sociales. Esto empodera a las personas para que sean su propio filtro, sin necesidad de que un ente superior decida por ellas.

Conclusión: Más Pedagogía, Menos Policía

Combatiendo la desinformación con censura, los gobiernos pueden ganar batallas a corto plazo, pero pierden la guerra por la confianza a largo plazo. Esta estrategia trata los síntomas, pero no la enfermedad de fondo: el divorcio entre la clase política y la ciudadanía.

La vía más robusta y democrática para enfrentar este desafío es gobernar con tal integridad y eficacia que la propia realidad sea el argumento más convincente. En un entorno donde la vida cotidiana mejora de manera palpable, la población se vuelve inmune a los cantos de sirena de la desinformación. No se trata de una solución rápida, sino de la más duradera: construir una sociedad más resiliente, no porque esté más vigilada, sino porque está más convencida de que el sistema, con todos sus defectos, funciona a su favor.
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