Skip to main content


La Derrota de Ucrania y la Lección Aprendida: Antes de Invertir en Defensa, Hay que Sanear sus Cimientos


La guerra en Ucrania ha sacudido los cimientos del orden geopolítico europeo y ha dejado una lección cruda e inapelable para las naciones que habían confiado su seguridad al paraguas de alianzas o a una idea ingenua del pacifismo: en un mundo donde el derecho internacional se quiebra ante la fuerza, la capacidad de defensa propia no es un lujo, es una necesidad existencial. Como bien se ha señalado, “nos guste o no, tenemos que estar preparados para poder defendernos por si un día el pez grande tiene hambre y nos quiere comer”. Este es un aviso severo para aquellos países, como España, donde el debate sobre el gasto en defensa suele toperse con un rechazo visceral, a menudo fundamentado en nobles ideales, pero también en una desconfianza profunda y justificada hacia la institución castrense.

Sin embargo, el urgente llamado a reforzar nuestras capacidades militares —impulsado por la OTAN y por la realidad— choca frontalmente con una verdad incómoda y doméstica: de poco servirá incrementar el presupuesto de defensa si este dinero no tiene control transparente y si la institución que debe administrarlo no está plenamente democratizada y al servicio de la ciudadanía.

En el caso de España, el dilema no es solo “dinero sí o dinero no”. Es un problema de estructura, de cultura y de opacidad. El ejército español sigue siendo, en muchos aspectos, “un mundo aparte intocable”, una afirmación que resuena en los ecos de casos de corrupción silenciados y en una jerarquía que a menudo opera con opacidad. Antes de pensar en comprar un solo fusil nuevo o un sistema de defensa antiaérea, es imperativo sentar las bases de una fuerza comprometida con los valores democráticos para los que teóricamente fue creada.

Esto exige, en primer lugar, una revolución en la legislación y en la supervisión. Es inaceptable que el gasto de millones de euros escape al escrutinio público detallado. Se necesita una ley de transparencia en defensa que permita un control ciudadano y parlamentario hasta el último céntimo, con auditorías externas y rigurosas. La defensa es demasiado crucial para ser gestionada en las sombras. La corrupción no solo roba dinero al erario público; roba seguridad y confianza a la nación.

En segundo lugar, y este es un punto espinoso pero inevitable, es urgente una purga de los residuos ideológicos del pasado. Al igual que en el poder judicial, en el estamento militar perduran, muy asentadas, estructuras de pensamiento y camarillas heredadas del régimen franquista. Un ejército moderno y democrático no puede ser un refugio para nostalgias de dictaduras. Su lealtad debe ser exclusiva a la Constitución y al pueblo soberano, no a ideologías trasnochadas. Esta renovación ética e ideológica es previa y más importante que cualquier modernización material. Requiere de valentía política para promover ascensos por mérito y valores democráticos, y para apartar a quienes vean la institución como un feudo personal o político.

La lección de Ucrania es doble. Por un lado, nos grita que la autocomplacencia pacifista es un riesgo mortal en un mundo que ha vuelto a la ley de la fuerza. Por otro, y esto es lo que debemos internalizar con más fuerza en España, nos muestra que la fortaleza de un ejército no se mide solo en blindajes y misiles. Se mide en la calidad moral de sus mandos, en la transparencia de su gestión, y en su integración plena y leal en el sistema democrático.

Por tanto, el camino no es negar la necesidad de una defensa robusta. Ese sería un error temerario. El camino es, con determinación, exigir y ejecutar una reforma profunda que limpie, democratice y transparente las Fuerzas Armadas. Solo un ejército limpio, controlado y comprometido con la democracia merece la confianza del pueblo y justifica cada euro de inversión. Solo sobre esos cimientos se puede construir una defensa verdadera. De lo contrario, estaremos, en el mejor de los casos, alimentando un nido de corruptos y, en el peor, construyendo un castillo de naipes ante las tormentas que vienen. La seguridad comienza en casa, con instituciones íntegras. Ese es el primer frente de batalla que debemos ganar.