El 'profesional' de la opinión: el auge del tertuliano televisivo sin expertise
Las tertulias televisivas nacieron con un propósito loable: democratizar el conocimiento, acercar al gran público temas complejos de la mano de verdaderos expertos. Eran espacios donde científicos, economistas, historiadores o juristas de reconocida trayectoria iluminaban cuestiones que escapaban al ciudadano medio. El valor residía precisamente en eso: la autoridad que da el estudio profundo y la experiencia contrastada.
Sin embargo, en las últimas décadas hemos asistido a una mutación preocupante de este formato. El experto ha sido desplazado por el opinador profesional. La lógica de la programación televisiva –más enfocada en el entretenimiento y el conflicto que en la divulgación– ha generado una nueva casta: el tertuliano omnipresente y omnisciente, capaz de disertar con igual vehemencia sobre la macroeconomía, la geopolítica internacional, la virología o la reforma fiscal.
¿Quiénes son estos nuevos personajes? Con frecuencia, se trata de figuras procedentes de la política sin paso por el sector privado, ex asesores, polemistas mediáticos o individuos cuyo principal currículum es su habilidad para la elocuencia vacua y la confrontación dialéctica. Su empleo no es tanto el conocimiento especializado, sino mantener viva la polémica, generar titulares y alimentar el engagement en redes sociales. Son personajes que rara vez "reprueban" en sus ámbitos originales precisamente porque su ámbito original se ha difuminado: su oficio es opinar.
Este fenómeno tiene consecuencias graves:
Banalización del debate público: Se sustituye el análisis riguroso por el eslogan, la evidencia por la intuición, y el dato por la ocurrencia. Los matices mueren en el altar del tiempo de pantalla y la pelea verbal.
Desinformación encubierta: El espectador medio, ante la puesta en escena de seguridad y verborrea, puede confundir la seguridad al hablar con autoridad real. Se crea una ilusión de conocimiento que es profundamente engañosa.
Pérdida de valor de la verdadera experiencia: Cuando cualquier opinión vale igual, se desincentiva la presencia de verdaderos especialistas, cuyo lenguaje suele ser más cauteloso, lleno de condicionales y menos apto para el espectáculo.
Politización de todo: Cualquier tema, por técnico que sea, se reduce a la dinámica "izquierda vs. derecha", perdiendo su sustancia propia y convirtiéndose en mero instrumento de batalla partidista.
¿Cómo hemos llegado a este nivel?
La respuesta es multifactorial: la tiranía del rating, que premia el conflicto sobre la reflexión; la economía de producción, que es más barato reunir a cuatro caras conocidas que localizar y pagar a cuatro expertos de alto nivel para cada tema; y la creación de una burbuja mediática donde estos tertulianos se autorreferencian y se convierten en "celebridades" por derecho propio, al margen de cualquier logro externo a la pantalla.
El resultado es un ecosistema envenenado para la democracia. El ciudadano, en vez de ilustrarse, se intoxica con un sucedáneo de debate donde la forma aplasta al fondo. Se nos vende confrontación como si fuera pensamiento, y opinión infundada como si fuera saber.
Recuperar el espíritu original de la tertulia –si es que alguna vez existió de forma pura– requeriría un esfuerzo consciente por parte de los medios: priorizar el rigor sobre el ruido, dar voz a quienes saben en lugar de a quienes simplemente hablan, y tratar al público con el respeto de suponer que quiere entender, no solo entretenerse con peleas de gallos.
Mientras tanto, el "tertuliano profesional" sigue siendo un síntoma elocuente de nuestra época: la era en que la apariencia de saber ha terminado por valer más que el saber mismo. Y todos, como sociedad, pagamos las consecuencias de ese engaño colectivo cada vez que confundimos el escenario de un plató con un ágora de conocimiento.