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La ilusión del pacifismo: Europa ante el espejo de su propia vulnerabilidad


Soplan vientos de guerra en un continente que ha olvidado el sonido de las sirenas. Mientras las señales se acumulan —rearme masivo, retórica belicista, fractura del orden internacional—, Europa se abraza a un pacifismo que huele a negación. No es la paz lo que practicamos, sino la evasión. Un continente entero se esconde bajo el paraguas de ideales dialogantes mientras la tormenta se organiza en el horizonte.

La lección histórica que no quisimos aprender

Europa tiene una memoria histórica paradójica: recuerda el dolor de sus guerras pero ha olvidado sus causas. Cree que el diálogo es un talismán mágico, ignorando que los acuerdos solo funcionan cuando todos los actores prefieren la mesa a la batalla. Cuando un poder expansionista calcula que la victoria es posible —y barata—, las palabras se vacían de sentido. La historia no se repite, pero rima: el apaciguamiento de los años 30 no evitó la guerra; solo la retrasó y la hizo más costosa.

La generación de la paz ficticia

Vivimos en la anomalía histórica más prolongada de Europa occidental: ocho décadas sin guerra entre grandes potencias continentales. Esta bendición se ha convertido en nuestra maldición. Jóvenes y mayores hemos confundido la paz con la ausencia eterna de conflicto. No entendemos que la paz no es un estado natural, sino un equilibrio frágil que exige vigilancia, firmeza y, sí, disuasión.

Nuestra perspectiva está distorsionada. Creemos que las guerras son reliquias del pasado, no posibilidades del futuro. Esta ceguera voluntaria es un lujo que la geopolítica no permite.

La dependencia estratégica: el error existencial europeo

Trump, en su brutal franqueza, ha señalado la herida: Europa se ha acostumbrado a ser un protectorado. Durante setenta años, delegamos nuestra defensa en Washington, invirtiendo en estados del bienestar mientras recortábamos ejércitos. Construimos un mercado común brillante, pero no una defensa común creíble. Creamos una unión económica sin columna vertebral estratégica.

Esta dependencia fue cómoda mientras duró, pero era insostenible. Ninguna gran potencia —y Europa aspiraba a serlo— puede depender eternamente de otra para su seguridad esencial.

El coste de la disuasión versus el precio de la derrota

Sí, la disuasión tiene costes económicos y sociales. Reconstruir capacidades militares, invertir en tecnología defensiva, mantener ejércitos profesionales: todo esto requiere recursos que podrían destinarse a educación, sanidad o pensiones. Pero este cálculo olvida la variable fundamental: el coste de la no-disuasión es infinitamente mayor.

Una Europa vulnerable no solo invita a la agresión; garantiza que, cuando llegue el conflicto —si llega—, será más sangriento, más destructivo y más humillante. Las pensiones o la sanidad que intentamos proteger desaparecerán en cuestión de días ante un conflicto serio.

Hacia un realismo responsable

No se trata de militarizar nuestra sociedad ni de abandonar la diplomacia. Se trata de entender que la diplomacia sin respaldo creíble es un teatro. Europa necesita:

Autonomía estratégica real, no retórica.

Inversión defensiva coordinada que vaya más allá del 2% del PIB.

Una industria militar europea integrada, no fragmentada.

Una cultura estratégica renovada que abandone el pacifismo ingenuo sin caer en el belicismo.

La paz no se mendiga, se construye con firmeza. El diálogo no sustituye a la capacidad de defender lo que valoramos. Europa debe despertar de su sueño pacifista antes de que lo haga a golpes de realidad. Nuestros hijos y nietos no nos perdonarán haber preferido la comodidad de la ilusión a la responsabilidad de la preparación. La factura histórica, cuando llega, es implacable. Y esta vez, no habrá otro continente que pague por nosotros.